Pastor Tony Hancock
Steve
Jobs, el difunto fundador de la compañía Apple, una vez contó la historia de
algo que le sucedió en su niñez. Entre sus amigos se encontraba un hombre
anciano, de más de ochenta años. Un día, este hombre lo llevó al garaje y le
dijo: "Quiero
mostrarte algo". Sacó un extraño aparato, un pequeño motor con una
lata encima.
Luego,
el hombre y el niño salieron al jardín, donde recogieron algunas pequeñas
piedras, muy ordinarias. Eran ásperas, sucias y feas. Colocando las piedras en
el aparato con un poco de arena, el hombre echó a correr la pequeña máquina.
¡Qué sonidos más feos producía! Las piedras se golpeaban y raspaban una contra
otra. Su amigo anciano le dijo a Steve Jobs que regresara al día siguiente.
Cuando
volvió, los dos abrieron juntos el contenedor donde habían estado las piedras.
Pero ahora, ¡eran totalmente diferentes! Aquellas piedras que el día anterior
habían sido feas y ásperas ahora estaban pulidas, brillosas y bellas.
Reflejaban la luz, con muchos colores distintos.
Dios
nos ha llamado a servirle juntos. Sin embargo, muchas veces la experiencia de
servir a Dios al lado de otros creyentes se parece a estar dentro de esa
máquina, dándonos golpes y raspones. La tentación es de salirnos, cuando Dios
nos está puliendo. ¿Cómo podemos servir provechosamente al lado de otros
creyentes? Hoy vamos a ver un ejemplo. Abramos la Biblia en 1 Corintios
16:10-14:
16:10
Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él
hace la obra del Señor así como yo.
16:11 Por tanto, nadie le tenga en poco, sino encaminadle en paz, para que
venga a mí, porque le espero con los hermanos.
16:12 Acerca del hermano Apolos, mucho le rogué que fuese a vosotros con los
hermanos, mas de ninguna manera tuvo voluntad de ir por ahora; pero irá cuando
tenga oportunidad.
16:13 Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.
16:14 Todas vuestras cosas sean hechas con amor.
16:13 Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.
16:14 Todas vuestras cosas sean hechas con amor.
Timoteo
era un miembro del equipo del apóstol Pablo. El apóstol le tenía mucha
confianza; lo dejó como encargado de varias de las Iglesias que había plantado,
y también lo envió en varias misiones importantes. Timoteo era un hombre joven,
y era de carácter tímido. En una de las cartas que le escribió a Timoteo, Pablo
le dijo: "No
permitas que nadie te subestime por ser joven. Sé un ejemplo para todos los
creyentes en lo que dices, en la forma en que vives, en tu amor, tu fe y tu
pureza." (1
Timoteo 4:12 NTV)
Ahora,
el apóstol Pablo lo pensaba enviar a Corinto, pero él sabía cómo eran los
miembros de esa Iglesia: arrogantes y pendencieros. Temía que podrían
menospreciar a Timoteo y hacer que se desanimara. Por lo tanto, Pablo les manda
hacerle sentir cómodo y apoyarlo. Los corintios fácilmente podrían decir: "¿Quién
es éste? ¡Es muy joven! Si llega Pablo, lo escucharemos; pero a este jovencito
Timoteo no tenemos por qué prestarle atención."
Pero
el apóstol Pablo no quería que eso sucediera. El sabía que Timoteo tenía el
potencial de ser un gran líder y gran siervo del Señor, y no quería que los
corintios lo desanimaran. Nosotros también, si queremos servir juntos en el
Señor, tenemos que aprender a animar y apoyar a los jóvenes y nuevos.
Hace
años, en otra Iglesia, tuve que estar fuera un domingo por la noche. Dejé a un
hermano encargado del estudio bíblico. Cuando regresé, me enteré de lo que
había sucedido en mi ausencia. Otro de los hermanos había llegado al estudio
bíblico, y se había dado cuenta de que yo no iba a estar presente. Cuando vio
que otra persona iba a dar el estudio, dijo: "¿Qué me va a enseñar él? ¡Si
es tan nuevo como yo!" ¡Y se fue de la reunión!
Era
un creyente nuevo, así que quizás podamos comprender su manera de pensar. Pero
como creyentes maduros, tenemos que aprender a pensar de un modo diferente. Si
alguien apenas está empezando a aprender a predicar, a dar una clase o a servir
al Señor de cualquier otra manera, Dios nos llama a animar y apoyarlo. No nos
ha puesto para criticar, sino para edificar.
La
segunda persona que se menciona en estos versículos es Apolos. El fue un gran
predicador y maestro de las escrituras del Antiguo Testamento, mostrando cómo
se habían cumplido en Cristo. De hecho, algunas personas creen que Apolos fue
el escritor de la carta a los Hebreos.
No
siempre había sido un gran expositor de la Palabra. Cuando empezó a predicar,
no entendía bien el evangelio. Dos colaboradores de Pablo se dieron cuenta, y
lo tomaron aparte para explicarle mejor el camino de salvación. Esta pareja se
llamaba Priscila y Aquila, y eran fabricantes de carpas, como lo era también el
apóstol Pablo.
En
base a la conexión forjada a través de Priscila y Aquila, se desarrolló una
relación de cooperación entre Pablo y Apolos. Parece ser que los corintios le
pidieron a Pablo en su carta que les enviara a Apolos, y aquí está su
respuesta. Le había propuesto a Apolos que fuera a Corinto, pero él no estaba
dispuesto a ir en ese momento. Cuando se le presentara la oportunidad, lo
haría.
Podríamos
imaginarnos que Pablo, como apóstol, como fundador de muchas Iglesias y gran
hombre de Dios, le dijera a Apolos: "¡Tienes que ir! ¡Yo te lo
ordeno!" Pero
no hizo esto. Rogó a Apolos que fuera a Corinto a predicar; pero cuando no
quiso, Pablo lo aceptó y simplemente les avisó a los corintios que Apolos iría
cuando tuviera la oportunidad.
Parece
ser que el apóstol aprendió la lección de algo que le había sucedido pocos años
antes, cuando se separó de su buen amigo Bernabé a causa de Marcos. Durante su
primer viaje misionero, Marcos había acompañado a Pablo y Bernabé, pero los
había dejado a mitad del camino. Al comienzo de su segundo viaje misionero,
Bernabé quería llevar a Marcos y darle una segunda oportunidad. Pablo, en
cambio, no quiso. Fue tan grande su desacuerdo que Pablo y Bernabé terminaron
separándose, y Pablo llevó a Silas mientras que Bernabé se llevó a Marcos.
Quizás
ahora el apóstol había aprendido a ser un poco más flexible. Había aprendido a
respetar las decisiones de otros. Nosotros también tenemos que hacer lo mismo,
si queremos servir juntos al Señor. Tenemos que aprender a aceptar que otros
tienen diferentes perspectivas, a escucharles y respetar sus opiniones y
decisiones personales.
Con
esto, no me refiero a cuestiones morales donde la Biblia es muy clara. El
pecado es pecado, aunque otros no lo quieran reconocer. No podemos fingir que
lo malo es bueno, simplemente por quedar bien con otros. Tampoco debemos
tolerar el pecado abierto y sin arrepentimiento dentro de la Iglesia,
simplemente por quedar bien y no causar problemas.
Pero
muchas veces, confundimos nuestros propios deseos con la voluntad de Dios en
cuestiones que no tiene valor moral. Pensamos que sólo se puede tocar cierta
clase de música dentro de la Iglesia. Creemos que todos los que asisten a la
Iglesia deben vestirse como nosotros. Estamos seguros de que las cosas deben
hacerse exactamente como nosotros siempre las hemos hecho, y cuando alguien
propone algo diferente, nos ofendemos.
El
Señor nos llama a respetar las opiniones y las decisiones de otros, así como lo
hizo Pablo con Apolos. Así podemos servir juntos al Señor, en lugar de
separarnos por cosas insignificantes.
En
realidad, si queremos servir juntos al Señor, debemos ser valientes y amorosos.
Leamos de nuevo los versos 13 y 14. Tenemos que estar alerta, porque estamos
bajo ataque. Hay fuerzas de maldad y mentira que siempre nos están tratando de
engañar, y tenemos que estar despiertos. No podemos soltarnos de la fe que
hemos recibido.
En
todo esto, debemos ser valientes y fuertes. En griego, la palabra literalmente
significa, sean hombres. Por supuesto, las mujeres también pueden ser fuertes.
Conozco a muchas mujeres valientes, que enfrentan la vida con fuerza. En el
servicio al Señor, tenemos que ser valientes. No podemos vivir para Cristo en
este mundo si estamos buscando una vida fácil y sin problemas.
Pero
la valentía sin amor se puede convertir en atropello. Es por esto que, luego de
llamarnos a ser valientes y fuertes, Dios nos llama a hacerlo todo con amor.
Cristo nos ha llamado a pelear como soldados en una batalla. Tenemos que ser
valientes. Pero la guerra no es contra los miembros de nuestro propio ejército,
contra nuestros hermanos y hermanas en la fe. La guerra es espiritual, y
nuestro enemigo es Satanás. Es contra él que peleamos, con la verdad de Dios y
en el poder del Espíritu.
Hace
poco, vi unas hormigas que habían logrado capturar un enorme gusano. El gusano
era mucho más grande que una hormiga, pero las hormigas estaban trabajando
juntas para llevar el gusano a su nido. Si una hormiga sola hubiera tratado de
cargar ese gusano, sería una total frustración. Pero trabajando todos unidos,
hicieron lo aparentemente imposible.
Nosotros
también enfrentamos una tarea aparentemente imposible - compartir el evangelio
con todo el mundo y mostrar el amor de Cristo. ¿Qué diferencia puede hacer uno
solo? Quizás no mucho - pero si trabajamos juntos, ¡el cielo es el límite!
¿Estás dispuesto a trabajar hombro a hombro con tus hermanos? Anima a los que
están empezando. Respeta a los demás. Sé valiente, y hazlo todo con amor. Con
Cristo, lograremos la victoria.


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